Libro · Don Quijote de la Mancha
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Autor: Miguel de Cervantes
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Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y
dádole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a
esperar a su puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y
acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo consentía el dolor de
sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía
los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio,
y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara que
colgada en medio del portal ardía.
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