Libro · Don Quijote de la Mancha
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Autor: Miguel de Cervantes
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Ni por ésas volvió don Quijote; antes, en altas voces, iba
diciendo: - ¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de
las banderas del valeroso emperador Pentapolín del Arremangado
Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de
su enemigo Alefanfarón de la Trapobana! Esto diciendo, se entró
por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas
con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus
mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada
venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no
aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle
los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de
las piedras; antes, discurriendo a todas partes, decía:
- ¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un
caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas
y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín
Garamanta.
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