Libro · Don Quijote de la Mancha
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Autor: Miguel de Cervantes
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- Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus
brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya
habrás echado de ver que la que a tus pies está arrodillada es la
sin ventura, hasta que tú quieras, y la desdichada Dorotea. Yo
soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu
gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya. Soy
la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió vida
contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al
parecer, justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su
recato y te entregó las llaves de su libertad: dádiva de ti tan
mal agradecida, cual lo muestra bien claro haber sido forzoso
hallarme en el lugar donde me hallas, y verte yo a ti de la
manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayese en
tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi
deshonra, habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de
verme de ti olvidada.
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