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पृष्ठ 665 / 2546

लेखक: Miguel de Cervantes

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- Sí sufre, a lo que yo creo -respondió la princesa-; y también
sé que no será menester mandárselo al señor mi escudero, que él
es tan cortés y tan cortesano que no consentirá que una persona
eclesiástica vaya a pie, pudiendo ir a caballo.
- Así es -respondió el barbero.
Y, apeándose en un punto, convidó al cura con la silla, y él la
tomó sin hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las
ancas el barbero, la mula, que, en efeto, era de alquiler, que
para decir que era mala esto basta, alzó un poco los cuartos
traseros y dio dos coces en el aire, que, a darlas en el pecho de
maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la venida por
don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó en
el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron
en el suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino
acudir a cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le
habían derribado las muelas. Don Quijote, como vio todo aquel
mazo de barbas, sin quijadas y sin sangre, lejos del rostro del
escudero caído, dijo:

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